Cuando confías en Dios, todo encuentra su lugar

Hay momentos en la vida en los que sentimos que perdemos el control. Planes que no salen como esperábamos. Respuestas que tardan en llegar. Puertas que se cierran sin explicación.

En esos momentos, la mente se llena de preguntas y el corazón de inquietud.

Pero he aprendido algo con el tiempo: cuando confío en Dios, todo encuentra su lugar.

No significa que desaparezcan los problemas.
No significa que todo sea fácil.
Significa que ya no camino sola.

Confiar en Dios es soltar la necesidad de entenderlo todo. Es aceptar que hay procesos que forman parte de nuestro crecimiento. Así como una semilla necesita estar bajo tierra antes de florecer, muchas veces nosotros también atravesamos etapas ocultas, silenciosas, necesarias.

La fe no es negar la realidad. Es enfrentarla con esperanza.

Cuando confío en Dios:

  • Aprendo a esperar con paciencia.
  • Descanso en medio de la incertidumbre.
  • Encuentro paz incluso cuando las respuestas no son inmediatas.
  • Recuerdo que mi valor no depende de resultados externos.

La fe transforma la manera en que vivimos el presente. Nos ayuda a no desesperarnos por el mañana y a no quedarnos atrapados en el pasado.

He entendido que Dios no solo se manifiesta en los grandes milagros, sino también en lo cotidiano: en una conversación oportuna, en una oración en silencio, en la calma inesperada después de un día difícil.

Confiar en Él es elegir creer que todo proceso tiene propósito.

Es saber que incluso en los tiempos de espera, algo está creciendo dentro de nosotros.

Y tal vez eso es lo más hermoso de la fe:
nos enseña que no estamos aquí por casualidad, que cada etapa forma parte de un diseño mayor y que, aun cuando no vemos el panorama completo, podemos descansar sabiendo que estamos en buenas manos.

Hoy quiero recordarte algo sencillo pero poderoso:
no tienes que tener todas las respuestas para tener paz.

A veces basta con confiar.

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